Ea Filippi por Santi Villanueva
1. Llegada al barrio de 11 que poco tiene que ver con el paisaje marplatense

2. Entrada a la casa a través de un largo patio colonial

3. Recibimiento de Vicente en su auto (que ya tiene nueve meses)

4. Obras de años anteriores, kokeshis y chanchos distribuidos por diferentes partes de la habitación.

5. Libros de Filosofía oriental y de Liliana Maresca sobre la mesa.

6. La obra:
Primero Ea me muestra sus obras bordadas, que surgieron de unas remeras para Vicente. Me dice que a ella le interesa lo que queda en la parte de atrás de los bordados porque aparecen huellas del azar y del “mal” uso de la maquina.
Para la construcción de sus dibujos comienza trabajando con el lápiz flojo, muchas de las líneas y formas que surgen son accidentales, pero a partir de allí presiona mas el lápiz sobre lo que le interesa, logrando así diferentes calidades.
Ea me cuenta que siempre trabaja en volumen lo que después lleva al plano. Esto parece ser una herencia del taller de cerámica de su padre.
Sus dibujos presentan de alguna manera secuencias narrativas, diferentes situaciones que suceden simultáneamente, son mundos que pueden estar en cualquier lado y que muestran la descomposición del cuerpo: el animal que se degrada por acción de las lombrices y la transformación de esa materia en árbol. Ea me cuenta que cuando era chica tenía curiosidad por ver animales muertos con lombrices y por desenterrar a su perro, y que tal vez eso es lo que la llevo a tratar estos temas.
Ea me lee un pasaje de uno de los libros que están arriba de la mesa que decía algo como: “nacer, crecer y morir es cambiar de forma”.
Vicente se duerme y Ea deja atrás los prejuicios entre lo que es ilustración, lo que es diseño y lo que es arte, y se pone a trabajar.

Eleonora Filippi por Juliana Turull

Fui a encontrarme con Ea para charlar acerca de su obra.

Llegué a un taller en la calle Bravard que me hizo pensar por alguna razón en un elefante, algo de unos cuentos de cuando era chica.

Entramos juntas a un lugar muy grande, con muchos ambientes y unos techos altos, me cuenta Ea que es un teatro que se alquila con diversos propósitos y pienso qué bueno tener un taller acá, aunque no imaginaba dónde estaría la habitación que ella llamaba “mi cueva”.

Seguimos andando hasta llegar a una escalerita angosta que nos llevaba más allá de una cortina plástica y detrás.... un universo de pequeñas casitas en una terraza se abrió ante mis ojos.

Cuartitos alineados como una pequeña vecindad de cuentos oculta de la ciudad y ahí, en uno de ellos, Ea trabaja.

Me presenta su lugar y me ofrece un mate. Veo que está terminando de pintar unos muñecos muy reconocibles de una famosa marca de ropa y le pregunto, o ella me cuenta, que ese era su trabajo hasta hace muy poco cuando -por suerte- dice ella (y por suerte! pienso yo) dejó de hacerlos por un desacuerdo laboral y eso desencadenó en su actual obra-ocupacón-negocio: sus remeras pintadas.

Miro alrededor y veo una de mangas largas vistiendo un cartón, con unas naves comandadas por un conejo esténcil y una serpiente de marcador.... Un poco más allá hay peces saliendo de algún tipo de espacio sideral donde está el mismo conejo de recién con un perro o una jirafa.

Peces, conejos y jirafa de colores plenos, nadan o vuelan o retozan entre líneas hechas de marcador y planos de pintura para tela.

En otra hay un pájaro bordado, está en la parte de atrás.

Ella me cuenta que se cuenta historias para sentarse a trabajar y yo trato de verlas todas: son tantas, no quiero perderme ninguna. Habla del trabajo en serie, de la estampa, del sello en algún caso, de la obra que se sale de una remera a otra y después a un cuaderno y a unos retazos que si se estiran pueden seguir en la pared.

Esto es algo nuevo para ella y yo pienso que creí que era de toda su vida. Fue lo primero que vi cuando conocí a Ea, una de sus remeras y pensé “debe ser famosa por esto”.

Sus dibujos bailan al compás de un cuento infantil de temas lúgubres (hay muerte y gusanos!) y una ilustración hecha serie y así compás. Le gustan los encargos de niños que pueden jugar a mezclar robots con bosques y animales. Porque a Ea parece que también le gusta su bosque en mar del plata y su perro de cuando era chica que derivó en alguna especie de oso simpaticón (aún con los gusanos y la muerte).

Así, en su nave espacial de telas, etiquetas con talles y unas bolsitas preciosas llenas de peces y un gato (que ahora que pienso tal vez se los quiera comer) dejo a Ea y me voy pensando qué lindo tener una cueva en un bosque en medio de una ciudad ….

Bs As 28 de mayo de 2012

Ea Filippi por María Urkizu
EA !

Rollo de papel
cielo, tierra, biología del gusano
Apuntes de la muerte.
Mano blanda, traficante de armas, zurda
topo, fondo, cuerpo en descomposición
Kokeshi reemplaza al niño muerto.
Campanillas rojas
Tajos, líneas, fauna de los cadáveres
Doloroso digital doloroso digital
Corazón rallado.
Apuntes.

Los trazos del rollo de Eleonora parecen infinitos, rasguñan, mojan, bordan, rasgan. Cosen con puntadas que no cierran.
Y el rollo se extiende. Se despliega y ofrece los cielos, y al hacerlo, encierra y traiciona.

Parece un sueño. Un sueño de otro.

Despierta Eleonora, espía el agua, pinta las campanillas rojas, peina los muñones para volverlos brotes, hinca la aguja para mirar los gusanos, y enciende el cielo con pájaros y fuegos artificiales que salen del vientre del caballo.

En el aire flotan criaturas infantiles, quizás con ellas la mirada esquive el dolor.
La mirada se vuelve nena. Ha sacudido la arena de tu corazón.

Ea Filippi por Eugenia Viña

El tiempo: continuidad

Continuidad temática. Los esqueletos y el imaginario del mundo de los muertos (y nosotros, sus testigos) se interrumpen ahora por la vida, una vida orgánica, una vida sorprendida de estar viva, una vida sujetada a troncos (como cuadros sujetados con un clavo a una pared), una vida en un mundo que esta ENTRE, que no se sabe bien donde está pero en el que la ley de gravedad no corre, pero que es mayormente aéreo. Las chiquitas sobrevivieron. Y a pesar de todo, nos miran. Sorprendidas ellas mismas de seguir con vida.

Continuidad material: después, y gracias, y durante, el trabajo en rollos, y mirando el trabajo en paneles que realiza Takashi Murakami, le interesa lograr cierta continuidad entre los cuadros, que le permita cambiar el orden y – tal vez – la dirección (las ramas pueden ser raíces y viceversa). Como si los cuadros fueran bloques o módulos. Y con ellos se pueda armar algo continuo, que no este interrumpido ni separado, por blanco ni por silencios.

Los personajes: aquí también parece haber una continuidad. Entre el trabajo que realiza EA durante horas en su taller, casi a solas, hace años. Pinta muñecos. Para vender, que se venden. Son productos. Hechos por otros.

Pero ahora son sus muñecas, sus niñas-brote las que EA tiene ganas no solo de pintar, sino también de crear, de armar.

Las culturas populares

En los trabajos anteriores de EA estaban presentes la cultura americana primero (su serie de fotos de cementerios acompañadas por maquetas que EA imaginaba, eran espacios en los que habían habitado los durmientes cuyas tumbas ella, en un cementerio popular de Mar del Plata, fotografiaba) y mexicana luego, con los retablos y esqueletos.

Ahora, de la mano de Murakami y de Nara, o por lo menos después de mirarlos y saborearlos, aparecen paisajes, formas y colores orientales. y muñecas hermanas a las KOKESHI de la cultura popular japonesa.

Vida y muerte y vida...

Ella cuenta lo vertiginoso y divertido que le resultaba de chica atravesar el cementerio para ir a visitar a un amigo. Había en ese paisaje, en ese lugar algo extraño y desconocido que la motivaba- y la gracia que le causaba ver los nombres de los muertos en las tumbas y hacer rimas con ellos.

Las fotos de las tumbas, las maquetas de las casas de los muertos mientras estaban vivos, los retablos repletos de esqueletos bailarines. Y ahora, estas niñas sorprendidas, en estos paisajes atravesados por la catástrofe. Con manchas de sangre humana.

Pero las niñas están sorprendidas. Las niñas están con los ojos abiertos. Las niñas son sobrevivientes. Las niñas están vivas.

La ambigüedad: paisajes por donde algo terrible, catastrófico ha sucedido. Paisajes bellos al mismo tiempo. Manchas de sangre humana. Pequeñas flores rojas carnosas. Troncos muertos. Troncos generosos en sus raíces y sus ramas. Brotes que nacen de aquello que sucedió en algún momento, en algún lugar, difícil de precisar.

Brotes que nacen mirando.

La pregunta, el desconcierto, el borde, lo siniestro. El permiso: ¿cómo puede ser posible que algo sea trágico y hermoso al mismo tiempo?

Eleonora Filippi por Kayne di Pilato

Parte de la mancha como antes lo hacia con las palabras en Alemán cuyo
significado desconocía. Lo entiendo como una creación dialéctica, en
tanto que Eleonora estimula la materia; la materia reacciona produciendo
una forma, esta forma es el estimulo para Eleonora quien vuelve a
estimular con soplidos y, así, va consiguiendo formas ramales que se
convierten en cabelleras carnosas, más adelante en criaturas que habitan
lugares en donde la luz no penetra en donde el agua no fluye, se estanca.
Por debajo de la tierra sucede todo.
Como ejercicio comenzó a dibujar un royo de maquina registradora
(Para sacarse los vicios dice)
El royo es un instrumento en donde dibuja libre, dibuja suave agarrando
el lápiz desde arriba con los ojos cerrados, con la mano izquierda.
Del cual después extrae las figuras bacterias que utiliza en otros
soportes.
Transparencias, papeles blancos de poco gramaje y telas. Pintura
traslúcida capas de materiales frágiles, el trazo finito… suave casi
invisible. Lo contrapone con el espíritu obscuro carnívoro del jardín de abajo
El trazo la morfología, es muy similar a cuando trabajaba con las
palabras como estimulo

Cuenta un jardín subterráneo de criaturas